Mientras en la Avenida Vallarta -justo en el último kilómetro del Medio Maratón de Guadalajara- miles de corredores jadeamos tratando de hacer el esfuerzo para llegar a la meta marcando nuestro mejor tiempo, en el resto de la ciudad las calles se empiezan a incendiar. Para ese momento no lo sabemos, pero en realidad apenas está por comenzar nuestra verdadera ruta de escape.
Después de concluir los 21 kilómetros con 0975 metros, la mayoría de los participantes desconocemos lo que está sucediendo y procedemos a recibir nuestra medalla, las bebidas hidratantes y el plátano de rigor que se entrega en todas las carreras atléticas.
Sin embargo, la intranquilidad comienza poco a poco a permear en el ambiente. La primera señal es que las activaciones y dinámicas recreativas son escasas para un Medio Maratón que carga con el distintivo de Platinum, el cual es otorgado por la World Athletics a las carreras de ruta mejor organizadas en el mundo.
Con el pasar de los minutos, cada vez son más los corredores que se llevan el celular al oído. Por los gestos y articulaciones que hacen, parece que no se tratan de llamadas de felicitación ni para compartir cómo se vivió la experiencia. Se han ido al carajo los récords personales.
En medio de esa saturación de señal telefónica, me alcanza a llegar un mensaje vía WhatsApp de un amigo que vive en Guadalajara: —¡Ay, cabrón! No sé si ya escuchaste, pero la pinche ciudad está en llamas. Cuando tengas chance comunícate conmigo.
Son las 9:31 de la mañana del domingo de 22 de febrero, y yo, con mi inocencia mezclada con la resignación de ser un michoacano acostumbrado a la violencia, pienso que no es nada grave, que por la noche estaremos en Morelia con la medalla colgada sobre el cuello.

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Ya no hay Uber, taxis tampoco. Dicen que pusieron ponchallantas en las calles. Ya quemaron una gasolinera. El Oxxo también está incendiado. Valió madres, las carreteras están bloqueadas. ¡Ya vámonossss! ¡No salgan, ya no salgan, por favor! Hay toque de queda. Abatieron a “El Mencho”.
Reina el caos y la psicosis colectiva, pero tenemos hambre y el cuerpo dice que debemos reponer energías luego de dejar el alma en la competencia. Encontrar comida se vuelve más difícil que el ascenso corriendo por el puente que atraviesa los Arcos del Milenio.
El crujido de las cortinas cerrando se vuelve una constante en los pasillos del Mercado Corona. Hay un local abierto donde el trompo de pastor se mira entero, jugoso y apetecible, pero el propietario se niega a vender y nos mira como si fuéramos los enemigos.
—¡Acá sí, pásenle, pásenle! —, grita una señora rubia y regordeta que ofrece órdenes de tacos de canasta que no se cansan de sudar grasa. Están fríos, desbaratados, insípidos y ni se sabe de qué guisados son, pero ese insalubre platillo resulta ser una salvación, el trago de agua cuando vas en el kilómetro 20.
Por primera vez en el día, pienso que esto es serio, que la violencia ha escalado y se ha salido de los parámetros cotidianos y “normalizados”. En esas anda mi mente, cuando una escena absurda, muy a la mexicana, me toma por asalto: en una de las vialidades aparece una calandria conducida por un guía que transporta y explica la relevancia de los monumentos históricos a dos turistas que observan a placer la soledad de una ciudad perdida.

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De acuerdo con el Consejo Municipal Del Deporte de Guadalajara (COMUDE), para la edición 2026 del Medio Maratón fueron 1,860 los michoacanos que se inscribieron, lo que significa que fuera de Jalisco, es el estado que más corredores aportó al evento. Un gran porcentaje de esos participantes, estamos varados en los lobbies de los hoteles.
Las horas pasan y las autoridades estatales reaccionan lento. Las notas periodísticas ya especulan sobre los posibles sucesores de “El Mencho” en el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), pero de autopistas libres nada se sabe. Acomodados en sillones, sillas o en el piso, nos alcanza las seis de la tarde y es un hecho: no se podrá abandonar la ciudad.
El viacrucis ahora tiene relación con encontrar habitaciones disponibles, y eso implica vagar por las calles preguntando en cuanto hotel se nos cruza. Algunos corremos con suerte, pero hay otros que se encuentran limitados económicamente y no tienen otra opción que pasar la noche en los lobbies que ahora funcionan como refugios.

Gracias al dios maratonista, los grasosos tacos de canasta de la mañana no hicieron daño a nuestro endeble sistema digestivo, pero su noble labor de quitarnos el hambre ha caducado y toca ir a buscar cómo saciar esa necesidad. Nada. Todo se mantiene cerrado como cualquier día de Navidad.
En una de esas calles que parecen una calcomanía de las otras que rodean la zona centro, la cantina de mala muerte llamada “Chavarin” promete en su publicidad mujeres bonitas, promociones, ambiente familiar, botanas gratis y COMIDA DEL DÍA.
La ilusión es efímera. Tras cruzar las puertas batientes del viejo oeste, se nos explica que “por la situación” que se está viviendo hoy no se pudo vender alimentos. Sin embargo, quién sabe por qué, las mesas están llenas de cerveza. Supongo que se impone la máxima que reza que no hay mal que el alcohol no cure.
Caminar, caminar y caminar. A los 21 kilómetros, se han sumado pasos que ya son incontables. En medio de la noche, vemos pasar a tres personas con bolsas atiborradas de Sabritas y Coca-Cola. Desesperados preguntamos dónde encontraron ese tesoro. Con la memoria afinada nos grabamos sus indicaciones como si de ello dependiera nuestra vida. Caminar, caminar y caminar.
Por fin damos con una pequeña tienda de abarrotes que en condiciones típicas no tendría nada de particular, pero en el preámbulo del lunes, luce como la más grande trasnacional. La fila para poder acceder al establecimiento es larga, hay que esperar una media hora. Inevitablemente se me vienen los recuerdos del 2020. ¿Qué pandemia es esta?

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Todos están cansados, y aunque podríamos dormir 24 horas sin parar, a las seis de la mañana ya estamos preguntando a qué hora nos iremos de aquí. Como sucede en las contingencias, la organización colectiva comienza a salir a flote. Se propone salir en caravana, todos juntos, como se hace en cualquier trote dominguero.
La solidaridad se viste de avisos. Unos comunican donde hay gasolineras abiertas, otros se ocupan de buscar tiendas abiertas para comprar alimentos y están los que verifican las alternativas en carretera. A las diez de la mañana el contingente parte sabiendo que el trayecto será más largo de lo acostumbrado.
Durante el recorrido, encontramos lo que ya sabíamos: vestigios de un día que ha sido tan histórico como confuso y doloroso. Paulatinamente vamos dejando atrás los cercos, los tráilers incendiados, los retenes policiales, las casetas de cobro abandonadas y toda la jornada sangrienta de 252 narcobloqueos simbolizados en cenizas.
Los nervios van cediendo. Ya hay más risas entre los asientos de los autobuses y también arengas para el chófer que mantuvo un temple de acero desde el primer minuto. Casi a las dos de la tarde, frente a nosotros aparece un enorme letrero colgante: “Bienvenidos a Michoacán”. El placer de volver a tu propio infierno es inexplicable.

