Cuando en la iglesia de Santa Lucía, ubicada en Azcapotzalco, Ciudad de México, termina la misa dominical, un sacerdote se despoja de la estola y la sotana para sustituirlos por una capa y una máscara. Deja de ser Jorge y se transforma en Fuerza Divina, un luchador que pasa del altar al ring con la misión de hacer acrobacias desde las cuerdas.
La indumentaria ha sido diseñada por él mismo, tratando de incluir elementos religiosos para no abandonar el mensaje clérigo mientras deleita a los aficionados del pancracio. Más allá del gusto que tiene por la lucha libre desde niño, dice que el objetivo es promover el deporte entre los niños.
Niega que la lucha sea una actividad violenta, sino al contrario, defiende que se trata de una disciplina, una cultura y una expresión que simboliza la batalla diaria entre el bien y el mal. Por ello, desde su personaje, afirma que su intención es seguir evangelizando por medio del entretenimiento.
Si se pone más reflexivo, compara la lucha libre con la vida, pues argumenta que en ambas hay momentos donde te sientes cansado, con ganas de rendirte y te caes, pero gracias a lo que él llama como “Fuerza Divina”, te levantas una y otra vez.
Mientras la Iglesia Católica no tenga alguna objeción, advierte que no cesará en su labor de cada fin de semana, donde lo mismo comparte la oración con los clásicos “pierrotazos” entre luchadores.

