Esa banda de locos, como alguna vez la definió el portero Ángel David Comizzo, se volvió a reencontrar tras 25 años. Pero ahora no lo hicieron en una cancha de futbol o en algún vestidor de un estadio, sino en un aula de una universidad privada.
Ahí, frente a estudiantes que en su mayoría todavía no nacían en aquel Invierno del 2000, Darío Franco, Flavio Davino, Carlos Pavón, Héctor Islas, Miguel Hernández y Heriberto Ramón Morales, conversaron sobre lo que representó haber conseguido el único campeonato de liga de Monarcas en su historia.
El primer zarpazo verbal lo puso el que era en ese entonces el capitán del equipo: Darío Franco. El argentino, visiblemente emocionado por volver a Morelia tras un prolongado tiempo de no hacerlo, admitió que nunca se asumió como líder del grupo, pese a que muchos estaban convencidos de lo contrario.
“Todos fuimos líderes desde nuestra función, siempre tratando de dar lo mejor por y para el bien del equipo”, acotó el que es considerado como una de las máximas leyendas que tiene el club rojiamarillo.

Sin su melena tradicional, pero con la personalidad de siempre, Flavio Davino tomó el micrófono para complementar a Franco asegurando que el camino se facilitó para el resto del plantel cuando se dieron cuenta que lo único que tenían que hacer era seguir el camino que iban indicando futbolistas como el propio Darío y Ángel David Comizzo.
“La realidad es que éramos un grupo muy jodido, difícil de manejar porque teníamos mucha personalidad. Hasta los árbitros nos tenían respeto cuando saltábamos a la cancha, entonces imagínense los rivales”.
Para equilibrar esa pluralidad de personalidades, Héctor Islas, quien fungía como auxiliar técnico de Luis Fernando Tena, compartió que el secreto radicó en el saber gestionar los egos emocionales y entender que en ese Monarcas Morelia existían diferentes tipos de liderazgo.
“Es como en las familias, a veces tocaba pelearse, pero se logró salir adelante por la química y la madurez de los jugadores. Se tuvo que tener mucha comunicación, ellos se supieron conocer y hasta soportarse”.
En esa misma línea familiar, el delantero Carlos Pavón refirió que otra virtud que tuvo aquella generación fue la de saber formar una hermandad en la que la solidaridad jugó un papel clave, “ya que cada quien corría por el compañero”.

Con un torneo excepcional esa temporada, el hondureño se lesionó en el partido de cuartos de final frente a Pachuca. Recuperarse para estar en la final le fue imposible, pero desde esa trinchera de impotencia, señaló que aprendió a estar anímicamente con el grupo hasta que se consiguió levantar la copa.
Ese partido de final de siglo tuvo que definirse a través de los penales. En esa instancia, hay un hombre que terminó por convertirse en héroe en el momento justo: Miguel Hernández. Aunque había tenido poca actividad a lo largo del torneo, el futbolista mexicano tuvo la gallardía de tomar el balón en muerte súbita, acertar su disparo y mantener vivo al equipo.
De pocas entrevistas tras su acto heroico, ante la comunidad estudiantil reveló detalles de lo que fue su participación en dicho encuentro. “Creo que todos entendíamos el lugar que nos pertenecía. Es difícil aceptar que el compañero con el que compites es mejor que tú, a algunos nos tocaba ser los relevos, entonces la primera gran lucha era ver si salías a la banca o no”.
Por circunstancias del futbol, Miguel Hernández entró al campo en sustitución de Flavio Davino. Durante los primeros cinco penales que se cobraron, el mediocampista se dedicó a estudiar los movimientos del portero rival, Hernán Cristante, de tal forma que se percató que en todos los disparos se tiraba a uno de los costados.
“Cuando llegó el momento de animarse a cobrar el siguiente penal, yo di el paso. Me tuve que abstraer de todo el entorno, y en mi mente solo tenía dos pensamientos: disparar al centro de la portería y cuidar que no me fuera a resbalar porque estaba lodoso el campo (…) si fallaba yo sabía que no podía regresar a Morelia”.

Después de lo hecho por Hernández, apareció en escena Heriberto Ramón Morales, quien a través de sus piernas concretó el tan anhelado campeonato para todo un estado. Más allá de la gloria deportiva, el lateral resaltó la identidad y el orgullo por la ciudad que prevalecía en el entorno de ese partido.
“Las entrañas de esta ciudad tienen que ver justamente con lo que pasó hace 25 años y no con lo que se suele decir en otros lados del país”, explicó el moreliano en referencia a las cuestiones de inseguridad que se remarcan cuando Michoacán es nombrado en medios de comunicación nacionales.
Si bien ya no existe un equipo en primera división y la posibilidad de replicar aquel campeonato es más que lejana, Heriberto puntualizó que ese episodio sigue siendo un ejemplo sobre las tantas cosas que se pueden hacer para levantar a la entidad. Sin importar el rubro en el que se esté, añadió, lo importante es abanderar lo que significa esta tierra.
